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¿ES POSIBLE ESCRIBIR UNA CRÓNICA VERAZ DE LA RECIENTE HISTORIA DE ESPAÑA?

Reflexiones y experiencias de una década intentando un relato ecuánime (y de estar fracasando en el intento)

Reproducimos el texto completo preparado para la intervención, que luego fue resumido sobre la marcha para no alargar el acto:
¿ES POSIBLE ESCRIBIR UNA CRÓNICA VERAZ DE LA RECIENTE HISTORIA DE ESPAÑA?
'Me presento, soy periodista en activo desde hace 52 años y he publicado libros una docena de libros antes del que estoy escribiendo, un serial titulado 'Crónica de medio siglo. Del FRAP a Podemos: un viaje con Ricardo Acero y sus compañeros', del que se ha publicado una primera serie de once títulos, se está publicando la segunda con parecida extensión y todavía amenazo con una tercera que llegará hasta nuestros días. Algunos han caracterizado esta Crónica como unos 'Episodios Nacionales' de nuestra época, no por compararme con el gran Benito Pérez Galdós sino por las características del proyecto, algo que nació sin pretensiones, que fue creciendo sin propósito previo y que engloba toda una época de nuestra historia. En su caso se trata de 46 novelas históricas publicadas entre 1873 y 1912 en cinco series que trascurren desde la batalla de Trafalgar en 1805 hasta el golpe de estado del general Pavía en 1874 y el gobierno de Cánovas del Castillo. En el mío, mucho más modesto, y como su título indica, de una crónica periodística que nace en 1960 y terminará en 2014 escrita en algo más de una década.

Don Benito noveló su época para que los acontecimientos históricos resultaran más digeribles, y recurrió a diferentes protagonistas de ficción -desde Gabriel Araceli a Tito Liviano- inmersos en románticos lances de amor para que sus cuitas personales se alternaran con los grandes hechos, desde la batalla de Trafalgar a la Primera República.

El pobres escribidor que les habla ha prescindido absoluta y radicalmente de cualquier ficción que dulcificara el trago de los hechos históricos y ha seguido el rastro de un grupo revolucionario cuyos antecedentes se remontan a comienzos de los años sesenta del pasado siglo y cuyos últimos coletazos aún perviven. En vez de novela ha escrito un reportaje en profundidad, una crónica periodística -el que dicen que será el género literario representativo del siglo XXI- que engarza en un único relato todos los grandes acontecimientos del período, comenzando por el surgimiento de los grupos radicales prochinos y continuando a través de Mayo del 68, el Proceso de Burgos, el magnicidio de Carrero, la ejecución de Puig Antich, el conato de guerrilla urbana y los fusilamientos del verano de 1975, la muerte de Franco, el prisma complejo de la Transición, la Constitución, el 23-F, el terrorismo de ETA y GRAPO, el felipismo y el aznarismo, los atentados del 11 de marzo de 2004, la crisis de mediados de la década pasada, los brotes indignados, la irrupción de Podemos y Ciudadanos (y hasta los inicios de Vox), la abdicación real.... para terminar con lo que parece el inicio de otro ciclo histórico.

Sobre este proyecto, Luis y yo hemos pensado que quizás diera pie a plantearse el dilema del título de esta charla, y desde la experiencia acumulada en esta última década de trabajo intenso voy a plantearles algunas reflexiones que sirvan de base a un posterior y seguro que enriquecedor debate.

Más que preguntarnos si es posible escribir una historia veraz del último medio siglo -pregunta retórica que tendría respuesta afirmativa en teoría- deberíamos preguntarnos por qué del último medio siglo -del final del franquismo, la transición y el juancarlismo- no existe hasta ahora un relato canónico aceptado en líneas generales por casi todos, naturalmente con los lógicos reparos de cada uno. Y no existe porque tampoco existe del franquismo; y no existe del franquismo porque no ha podido establecerse sobre la guerra civil; y así sucesivamente, pasando por el siglo XIX, el auge y decadencia del imperio español, llegando a los Reyes Católicos y si me apuran retrotrayéndonos a los nuevos siglos de ocupación musulmana, que para algunos fue época de esplendor y coexistencia poco menos que idílica. Y eso sin hablar de los relatos separatistas hoy en absoluto in crescendo, algo tan demencial que no cabría en esta velada.

¿Y por qué esta imposibilidad de los españoles para asentar una visión histórica colectiva? Ya se admite -recordará Luis Español la conversación que tuvimos el día que nos conocimos hace ya unos cuantos años- que la leyenda negra de España es responsabilidad de los mismos españoles que son los que la han atizado sin pausa. Y entonces habrá que reconocer que mal que nos pese que una parte de los españoles son antiespañoles, como hoy día es de manifiesto. Y por qué es así, y desde cuándo... ¿Tiene que ver con la expulsión de judíos y musulmanes, y sobre todo con la marginación que sufrieron los muchos que no se fueron, muchos más de los que marcharon? ¿Tiene que ver con la intransigente dictadura ideológica y moral que ejerció la Iglesia Católica durante siglos, especialmente cuando debía haberse mitigado durante los siglos XVIII y XIX?

Todo ello enmarca nuestra charla de hoy y nos llevaría por otros derroteros, más amplios y más complejos. Así que volvamos a nuestro objetivo de esta noche, unas modestas reflexiones sobre la experiencia de una década intentando un relato ecuánime de lo ocurrido en el último medio siglo, y obteniendo la sensación creciente de afrontar algo que respondería a la frase que se atribuye al famoso torero cordobés 'Guerrita': «Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible».

Abordaré el tema hablando de las reacciones que he recogido en diferentes estamentos, las izquierdas y las derechas, los profesionales de la historia y los medios de comunicación.

Y aportaré algún dato biográfico más que puede ser necesario. Desde los 18 años me uní a la lucha clandestina antifranquista y formé parte de ese grupo revolucionario que es el protagonista colectivo de la Crónica entre 1968 y 1976. He sido detenido cuatro veces, he estado a disposición de un tribunal militar con petición de veinte años y un día, y permanecí exiliado los dos últimos años de mi militancia, la mayor parte del tiempo en Albania. En ese año de 1976 concluí tras no pocas cavilaciones que me había equivocado, abandoné el PCE(m-l) /FRAP y rehusé vehementemente cualquier otra participación política activa, con tan solo una breve interrupción para ser candidato al Congreso por Los Verdes en 1993. En la segunda mitad de mi vida he ido modificando mi visión del mundo, intentado equilibrarla y ampliarla con otros puntos de vista, en especial aquellos que había anteriormente rechazado, intelectual y sobre todo emocionalmente.

Por las mismas razones que en mi juventud propagué entusiastamente lo que creía justo a pesar de ser minoritario y perseguido, en mi madurez he tenido a gala defender el derecho a expresarse de mis antagonistas de entonces. Y por eso mi Crónica de medio siglo es un relato coral de voces de todos los calibres, de creencias de todos los colores, de enfoques contrapuestos. Por supuesto que no afirmo ser el único que lo haya intentado, pero sí constato que en nuestros días no abundan los ejemplos.

Habrá que confesar que he llegado hasta aquí y aspiro a proseguir la marcha más bien por accidente, por capricho del azar y del destino, esas dos fuerzas intangibles que pueden juzgarse divinas. En 2009 se me ocurrió escribir una breve historia del FRAP hurgando en papeles sueltos y en memorias petrificada. Pronto descubrí que era esta una minúscula pieza de un rompecabezas fascinante, de un laberinto retador. Y a él que nos fuimos sin pensarlo dos veces.

Una década después han surgido muchas y valiosas aportaciones que reconstruyen parte de una historia pendiente aún de completar con una revisión favorable a los 'malos' y crítica con los 'buenos', relacionando acontecimientos que han sido estudiados desconectados entre sí, reconstruyendo antecedentes y consecuencias de hechos que se suelen ver aislados, atendiendo al pasado y el futuro de personajes diversos, añadiendo lo vivido a lo leído, juntando documentos y testimonios, relatos y textos, recuerdos y trascripciones.

MIS ANTIGUOS CORRELIGIONARIOS

Si miran la primera página de la serie verán seis identidades con nombres y apellidos separados en dos grupos. Corresponden a los tres fusilados del FRAP el 27 de septiembre de 1975 y a los tres miembros de las FOP víctimas de sus acciones terroristas en julio y agosto anterior. Esta dedicatoria conjunta In memoriam me trajo importantes problemas desde 2013 -cuando se estrenó el documental previo a los libros- entre los antiguos militantes, pues para la parte más militante, la que usufructúa la memoria oficial del grupo, solo los muertos del FRAP tenían derecho al recuerdo, y no los muertos causados por el FRAP. Eso resume la actitud de una parte de los exmilitantes, la que todavía se considera héroes por haber luchado contra el franquismo, merecedores de reconocimiento público e indemnizaciones económicas, mientras que justifican todos los daños causados incluidos los tres asesinatos premeditados por cuanto los fallecidos eran 'esbirros' del Régimen, culpables conjuntos de la represión contra 'el pueblo oprimido', y solo por llevar el uniforme de las FOP merecían la muerte.

Ellos se han encargado de denigrar mi trabajo con falsas etiquetas y han impedido una reflexión conjunta que sigue estando pendiente. Otra parte, más numerosa, de los que fueron militantes del PCE (m-l) /FRAP, no quieren acordarse de ello, lo que les preocupa es que no se les relacione con aquellos hechos y por eso a menudo se han negado a participar en la reconstrucción de la historia, a aparecer con nombre y apellidos. Del centenar que he conseguido que me cuente sus recuerdos para incorporarlos a la Crónica, realmente ni una docena muestra arrepentimiento sincero, ha perdonado a sus verdugos y siente dolor por sus víctimas.

Y lo mismo ocurre en el PCE(r) y los GRAPO, -la continuación objetiva del PCE(m-l)/FRAP a partir de 1976- que apenas cuenta con tres o cuatro antiguos integrantes públicamente arrepentidos de los varios cientos de militantes que se le conocen, una buena parte presos durante muchos años.

Esa actitud es general en la izquierda, desde la extrema a la moderada y se resumen en un nosotros somos los buenos y los fachas los malos, haciendo tabla rasa de una historia que demuestra lo contrario, que hay razones para avergonzarse de muchas actitudes en los dos bandos. ¿Y nos asombramos de que ETA y su entorno se mantengan en sus trece sin apenas gestos de arrepentimiento y de empatía con sus decenas de miles de víctimas, desde asesinados a exiliados, pasando por familiares discriminados y una parte de la población acosada durante décadas?

Todo esto demuestra que por el lado del antiguo antifranquismo y las actuales izquierdas todavía hay mucho que cambiar para que se tolere la crítica, se practique la autocrítica y se comparta una historia veraz de lo sucedido que ponga los errores propios a la altura de los ajenos.

LOS DEL OTRO LADO

¿Y por el lado de las derechas, es más tolerante y abierta la actitud hacia la historia reciente? Pues, aunque tenga cierta justificación su acritud y malestar por ser la parte discriminada desde la muerte de Franco, tampoco hay mucha comprensión que digamos hacia quien intenta mostrar la imagen completa del último medio siglo. Se ataca a Pablo Iglesias Turrión por quien fuera su padre -de hecho, militante de la FUDE del FRAP durante un tiempo, pero nunca ligado a acciones violentas- lo cual es aberrante. Se niega a cualquier antiguo terrorista o radical el derecho a evolucionar y cambiar de actitud e ideas, y yendo a lo concreto, no se muestra el menor interés por conocer una crónica completa, la evolución de la izquierda -que la ha habido- , sus muy distintas posiciones internas, y especialmente sus razones -que también las tiene- tanto para el antifranquismo anterior como para el republicanismo actual, las críticas de una parte de ella a cómo se hizo la transición a la democracia y a la monarquía parlamentaria, y sus juicios negativos sobre el juancarlismo.

Tolerancia es lo que falta de un lado y otro, y falta históricamente, diríamos que de siempre. Falta sin duda más del lado de la izquierda que es la beneficiada en las últimas décadas y por eso yo me he esforzado escrupulosamente en reflejar también los puntos de vista y las razones de la derecha que lleva haciendo penitencia un período ya más largo que el que duró la época franquista. Me parece de justicia y obligación de esos pocos ilusos que ejercen de defensores de causas pobres, como se decía antiguamente, de eternos abogados de la parte más débil.

LOS HISTORIADORES

Pero en fin, dejemos a izquierdas y derechas en sus obsoletos encasillamientos. Construir un relato equilibrado y veraz sobre los hechos del pasado es tarea de los historiadores, que al fin y al cabo son los profesionales del tema, los que tienen que estar por encima de antifaces partidistas y visiones prejuiciosas. Cosa fácil de afirmar en teoría pero de difícil constatación práctica.

Mi experiencia ha resultado bien amarga. Casi todos los historiadores que por diversas circunstancias han conocido la existencia de la Crónica -de Santos Juliá a Juan Francisco Fuentes, de Stanley Payne a Charles Powell, después de una primera elogiosa receptividad la han trocado invariablemente en silencio ninguneador o en excusas recurrentes con tal de no hacerse eco de un proyecto que por su excepcionalidad merecería al menos cierta indulgencia.

¿Por qué tanta hostilidad encubierta, tanto menosprecio, es que no cabe la crónica periodística junto al trabajo académico? No parecen haberse enterado del premio nobel de literatura de 2015 concedido a la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich por sus libros sobre la tragedia de Chernóbil, la invasión de Afganistán o las consecuencias de la Gran Guerra Patriótica en la Unión Soviética. La concesión se quiso interpretar como la dignificación definitiva de un oficio, el periodismo, que siempre ha estado extramuros de la literatura. Cómo no alegrarse. De acuerdo con la Academia, el premio le fue otorgado a la bielorrusa de 67 años porque "su obra polifónica es un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo". Sara Danius, la portavoz de la Academia Sueca concretó que había pasado más de medio siglo desde la última vez que un escritor de no ficción ganaba el Nobel y que Alexiévich era el primer periodista en ganar el premio.

Parecería mentira que en la nación que parió a Benito Pérez Galdós, cuyos Episodios Nacionales resultan imprescindibles para conocer nuestro siglo XIX, y que tuvo que recurrir a aparentar ficción, a intercalar historias de amoríos para que sus crónicas resultaran más 'amenas', reine tal menosprecio al relato de no ficción, al reportaje en profundidad, a la crónica periodística, una forma de aproximación a la realidad tan digna como las habitual y únicamente empleadas por los historiadores e incluso más fidedigna tratándose de la historia reciente, en la que los archivos y los legajos han sido sustituidos por los periódicos, por los reportajes y las entrevistas, por las noticias y los comentarios reflejo por supuesto imperfecto, cóncavo o convexo- de los hechos.

Los historiadores se quejan de que nadie lee sus tochos y de que la ficción a través de la novela histórica es, con mucho, el relato histórico más difundido, seguido de memorias y versiones ligeras de acontecimientos históricos, y sobre todo, por supuesto, el relato audiovisual, destacando el formato de serie televisiva y el documental. Y que siendo la Historia una de las Humanidades, esté a disposición del primero que pase por ahí, cualquier osado que se atreva.

Pero entre la ficción con ínfulas y coartada de histórica -un subgénero infame salvo excepciones- y el farragoso ensayo académico, hay un enorme hueco necesario de cubrir y es la crónica periodística, el reportaje en profundidad, la que puede y debe cubrirlo. Trabajos de síntesis divulgativa como esta Crónica, que sin embargo ha sido recibida de uñas por el Establishment del ramo, como una atrevida incursión de per se descalificable.

Los historiadores dicen que ellos escriben desde el análisis mayoritariamente surgido del ámbito académico y de la investigación universitaria, que se distinguiría por un sello de calidad. Calidad que se derivaría del carácter científico de dicha producción, queriendo con ello dar a entender que su producción se ajusta a requerimientos de investigación como la crítica y el cotejo de fuentes, el conocimiento de la historiografía, es decir, el conjunto de técnicas y teorías relacionadas con el estudio, el análisis y la manera de interpretar la historia, y el ajuste al método historiográfico. Por ello, del mismo modo que quien quiere saber acerca de cómo afrontar el momento posterior a un infarto de miocardio acude a textos avalados por su autoría científica, quien desee saber sobre la guerra civil española debería acudir a libros con garantía académica.

Pero a menudo la prolija sucesión de citas a pie de página solo esconde la mera repetición sin aportaciones, las fidelidades de cátedra o escuela, un despliegue inútil. A menudo tales libros de historia resultan ilegibles por especializados, pormenorizados y repetitivos. Reconocía recientemente José María Portillo Valdés, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad del País Vasco, que de la aridez de la producción histórica especializada, 'una explicación simplona echaría la culpa precisamente al público, tildándolo de ignorante y manipulable. Una más sofisticada debería dirigir la mirada hacia el otro lado, el de la oferta, para constatar una paradoja: en la medida en que los historiadores hemos asimilado nuestro relato a un producto «científico», nos hemos deshumanizado y ello nos ha llevado a una paulatina desconexión con el público. Dicho de plano: nos hemos vuelto unos plastas. Y lo peor es que, además, dependiendo de qué cuestiones se traten, tampoco hemos ganado en credibilidad científica: ahí está como ejemplo todo lo que tiene que ver con el encaje constitucional de Cataluña en España, la Guerra Civil y el franquismo, o el imperio español y la Leyenda Negra, campos abonados para intervenciones tan desinformadas como efectistas'.

Portillo lo decía en 'Cómo contar la historia contemporánea de España', su reseña en la Revista de Libros acerca de una 'Nueva historia de la España contemporánea (1808-2018)', publicada recientemente por un equipo de 37 historiadores. Y proseguía: 'Es, por tanto necesario que los académicos reflexionemos... Hemos descuidado la literatura casi en la misma medida en que nos hemos profesionalizado. Sin duda alguna, nuestro conocimiento de los procesos históricos es extraordinariamente más variado, integral y rico desde que la Historia se distinguió como un saber académico específico y se dotó de un método propio que ha ido también tornándose más complejo con las grandes corrientes historiográficas de los siglos XIX y XX... Sin embargo, depende de qué tipo de relato se le ofrezca [al público] y, sobre todo, del arte de la expresión verbal, de la literatura. Por paradójico que parezca, a los historiadores no se les enseña ese arte como materia troncal de su formación y, en su mayoría, han de aprender a escribir a pelo. Escribir implica también, por supuesto, decidir sobre qué, para quién y, por tanto, cómo se juntan palabras y se transmiten ideas: un título como Los poderes locales en la formación del régimen foral, pongamos por caso, no puede pretender otro lector que el investigador de la mesa de al lado, nunca el público'.

La historiografía es el arte y la ciencia de escribir la historia. El énfasis en su condición de "arte" (tékhne) o "ciencia" (episteme) es objeto del debate metodológico más importante entre los historiadores, con abundante participación de todo tipo de intelectuales que han reflexionado sobre ello dada su posición central en la cultura. Para una parte, ni siquiera puede hablarse de "historia" en singular, puesto que la condición de relato de sus productos los convierte en "historias" en plural. Para la mayor parte de los historiadores contemporáneos, en cambio, es irrenunciable el cubrirse o enmascararse en su condición científica, o al menos la aspiración a tal condición. Está muy extendida la visión que no percibe ambos rasgos (ciencia y arte) como complementarios.

Para investigar e interpretar las sociedades, los historiadores recurren a fuentes históricas, es decir, a testimonios escritos o materiales, que permiten reconstruir los acontecimientos históricos. Es importante distinguir la materia prima (fuente primaria) de los productos semielaborados o terminados (fuente secundaria e incluso fuente terciaria). Una fuente primaria procede directamente de la época que se está investigando, o lo que es lo mismo, tiene que haber sido producida paralela y contemporáneamente a los hechos. Son los testimonios de primera mano, es decir, las leyes, los tratados, las memorias, etc. Una fuente secundaria se ha elaborado con posterioridad al periodo estudiado. Fuentes secundarias son libros, artículos, mapas, etc., que reelaboran información obtenida con fuentes primarias. Todas ellas están presentes en esta Crónica; todas reseñadas en un apéndice documental de casi 200 páginas que incluye fuentes audiovisuales, bibliografía, fuentes académicas, fuentes documentales y fuentes periodísticas por separado, y finalmente un centenar aproximado de testimonios orales directamente cogidos. Me parece que sería suficiente aval de seriedad. Y examinada de cerca su variedad y contraste, de una innegable voluntad de búsqueda de la verdad histórica, que existir, no existe, como las meigas, pero que haberla, hayla.

Pero cuántos van a las fuentes primarias y cuántos se refugian en citas y citas a pie de página de los pocos que lo hacen, especialmente en lo referente a los hechos recientes, al último medio siglo? ¿Cuántos suscriben el enfoque imperante o el de su departamento o camarilla y se dejan de líos, cuántos repiten el paradigma imperante hasta que cambia y entonces repiten el nuevo como si lo vinieran haciendo de toda la vida?

¿Y cuáles son las fuentes primarias y secundarias en la historia actual? ¿Vale más un libro compendio de citas que recurrir a una variedad de informaciones, testimonios y opiniones obtenida de los medios de comunicación?

Mis pecados en cuanto al gremio han sido pensar que mi aproximación a los hechos desde el periodismo iba a ser aceptada como contribución interesante, y que sería juzgado por el resultado de mi trabajo, y no ninguneado por prejuicios gremiales; y sobre todo que el farragoso citar y citar a pie de página, tantas veces redundante, podía aligerarse mencionando cada fuente en el texto y haciendo una relación final de todas las fuentes empleadas, desdeñando en la bibliografía especificar la página concreta de la cita, contentándome con citar el libro o el periódico o la tesis o la fuente documental sin cansar al lector con tanto detalle. Y que tratándose del último medio siglo, tan importante o más que la bibliografía eran las fuentes periodísticas, de las cuales puede decirse que representan el grueso de mi trabajo documental, cientos y cientos, miles diría, cogidas con la distancia necesaria para no creerlas a pies juntillas, pues no en vano he sido periodista también durante medio siglo y defiendo que hay que leer entre líneas para paliar la manipulación imperante, compararlas unas con otras, relativizándolas lo debido y conveniente.

Entonces, ¿es la historia un coto privado, un reducto gremial en el que está reservado el derecho de admisión? Instalada en el mundo de la enseñanza, presumiendo de erudita, la disciplina se influencia por una versión empobrecida del positivismo de Auguste Comte. Pretendiendo objetividad, la historia limita su objeto: el hecho o acontecimiento aislado se considera como la única referencia que responde correctamente al imperativo de objetividad. Y como tampoco establece relaciones de causalidad, sustituye con retórica el discurso que se pretendía científico.

Hay todavía demasiada ideología entre los historiadores actuales. Y casi siempre, supuestamente de izquierdas. Y basta que arrojes algún guijarro al estanque estancado para que te retiren la palabra. Y te tachen de.... de eso.

LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Pero el mundo de la historia profesional es pequeño y casi marginal hoy día. Quienes verdaderamente dictan los gustos y los criterios -también y especialmente podríamos añadir sobre la historia reciente- son los medios de comunicación, esos gigantes con pies de barro, dictadores al dictado de lo que hay que decir sin necesidad de que nadie te lo recuerde. Buscando sensacionalismos todo el día, perdidos en una actualidad desbordante, necesitados sin embargo de dotar de contexto a sus mil historias deslavazadas, de dar marco temporal y conceptual al desarrollo de los acontecimientos, de historias con sentido, de visiones que engloben la disparidad reinante, pero tan miopes como para que casi ninguno se haya interesado por este inédito y único serial, que apenas ha tenido reflejo en ellos.

Se deberá quizás a que no interesan las historias complejas, los asuntos que no tienen explicación sencilla, lo que no es blanco y negro sino que está poblado de matices. O más bien a la ausencia de demanda por parte del público consumidor, a que casi nadie está dispuesto a indagar en el pasado para explicarse el presente; se prefiere opinar a tontas y a locas según lo que se oye por ahí.

Cierto que "Los nueve libros de la Historia" (444 a.C.) de Heródoto de Halicarnaso, considerado el Padre de la Historiografía, no son más de 549 páginas, en las que se basta y sobra para contarnos las Guerras Médicas, e incluso extenderse por la historia y las costumbres del Antiguo Egipto. Goza del honor de ser la primera obra historiográfica griega que nos ha llegado íntegra y está dividida en nueve libros porque cada uno de ellos está dedicado a una musa. Cierto es también que La guerra del Peloponeso de Tucídides consta de ocho libros, pero son cortitos y abordables hasta del punto de que la obra no pasa de un total de 608 páginas. Los clásicos eran más concisos o el mucho tiempo transcurrido les ha podado

Citábamos al principio Los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, que tienen 9.685 páginas y debemos también recordar las Obras Completas de Sigmund Freud, con 6.848 páginas, y las diez tragedias de William Shakespeare que entran en 1.200 páginas, y las obras completas de Francisco de Quevedo que llegan a 3.761. Cosas de cuando el placer de leer tenía menos competencia.

El caso es que se ha dicho últimamente (Manuel Vicent en 2004) que "el periodismo es el auténtico motor de la literatura, algo que comenzó a mediados del siglo pasado y que continuará en el futuro', y que (Cebrián, 2010) 'La cultura es antes que nada, un hecho social producto de la memoria colectiva; se construye con el tiempo y se transmite de generación en generación. A ello contribuyen de igual modo escritores y periodistas, pues el periodismo es desde que se inventó un género de la literatura'. Y se ha citado a Dickens, Balzac o Larra para resaltar la hermandad entre literatura y periodismo.

¿Pero quién y donde dan certificados de veracidad? Cómo salvar problemas objetivos derivados de la imposibilidad de conocerlo todo y por tanto de desconocer elementos que puedan ser relevantes e incluso fundamentales, o problemas subjetivos derivados de la falta de capacidad de síntesis o análisis, de ciertas obcecaciones que tenemos todos, de esas inconfesadas preferencias y de esos secretos ajustes de cuentas aún inconscientes. Quién es el iluso que se pone a escribir diez mil páginas seguidas en el mundo de los tuits, de las prisas, de las lecturas cada vez más fáciles y más cortas. No, ni puede justificarse ni puede entenderse ni puede conducir a nada bueno.

Terminemos pues reconociendo que aunque en teoría sea posible escribir una crónica veraz, completa y ecuánime de la historia reciente española, del último medio siglo sin ir más lejos, resulta bien difícil por no decir imposible llevarlo a la práctica, y que al iluso que pretenda intentarlo le van a dar todas en el mismo carrillo, no el de don Santiago sino el suyo propio. Y como el que les habla ha sido incapaz de dar respuesta a la pregunta que nos ha convocado aquí esta tarde a partir de sus reflexiones y experiencias de los últimos diez años, llega el turno a los ilustres participantes en la tertulia de esta tarde, quienes sin duda aportarán interesantes perspectivas y quien sabe si inspirarán, iluminarán y darán fueras a este pobre cronista para llevar a término la ardua tarea que le ha tocado en suerte.

Madrid, marzo de 2019'.

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